domingo, 30 de marzo de 2014

Brasil se enfrenta al reto de recuperar la credibilidad

El ministro de Hacienda de Brasil, Guido Mantega, cumplió esta semana ocho años en el cargo y el aniversario no puede llegar en peor momento, en plena resaca por la reciente rebaja de la nota de crédito del país. La agencia de calificación Standard & Poors revisó la nota de Brasil de BBB a BBB- y extendió esa rebaja a las empresas estatales Petrobras y Electrobras así como a otras 13 instituciones financieras.


La rebaja de S&P confirmó una percepción de los mercados desde hace meses —Brasil ya no es definitivamente el “queridinho” de los inversores del mundo— y colocó a Mantega en el ojo del huracán. Al menos dos factores destacados por la agencia pueden ser considerados como responsabilidad directa del ministro: la falta de credibilidad en política fiscal y la baja inversión productiva del país —18,3% del PIB—.


Brasil, que creció un 2,3% en 2013, está en vísperas de difíciles desafíos. La proyección de inflación del Banco Central, por ejemplo, es del 6,1% para este año, muy cerca del tope previsto por la entidad. Y previsiblemente, para reducir el impacto de la subida de precios, los tipos de interés volverán a quedar entre los mayores del mundo, con el 10,75%, lo que al tiempo inhibe el desarrollo de la economía. Además, hay factores externos que conspiran negativamente contra Brasil como la actual crisis social de Venezuela o la coyuntura argentina, dos países importadores de productos brasileños, así como la desaceleración de la economía china, que ya está afectando a la balanza comercial brasileña, que acumula un déficit de 6.244 millones de dólares desde enero hasta la tercera semana de marzo.


Ante este panorama, los analistas entrevistados por este diario son unánimes en señalar que se han cometido errores en la conducción de la economía en los últimos años al preocuparse en exceso de incentivar el consumo y mucho menos de proporcionar las condiciones adecuadas para que el sector privado invierta.


Sin embargo, hay quien defiende a ultranza la calidad técnica del ministro de Hacienda. “Él solo ama dos cosas en la vida: la economía y su esposa”, comenta un representante del sector privado, que se ha sentado varias veces en la mesa con Mantega para negociar. Según su relato, el ministro es un óptimo oyente, que toma en consideración todas las opiniones que le son presentadas, aunque se demore en tomar las decisiones que son necesarias.


Un economista colega suyo, que conoce a Mantega desde hace décadas cuando daba clases en la Universidad Getulio Vargas, resume su momento actual de otra forma: “Si hubo error, fue por exceso, no por omisión”. Exceso tal vez sea una palabra demasiado amable para sintetizar una característica del ministro. El titular de Hacienda padece en ocasiones de un optimismo exagerado que crispa al frío mercado financiero, más acostumbrado a prestar atención a los números que a las emociones. Así ocurrió, por ejemplo, el año pasado cuando Hacienda prometió inicialmente un superávit primario del 3,1% del PIB, proyección que fue revisada dos veces hasta quedar en el 1,9%. Un error que se hizo célebre.


A lo largo de sus dos mandatos, Mantega habló en exceso, lo que contribuyó a aumentar la desconfianza sobre su visión económica. “Mi previsión es que creceremos al 5,5% en 2011”, dijo en su momento. Pero Brasil creció solo al 2,7% ese año. “Él no está lidiando con legos en economía sino con gente que estudia eso todo el día”, dice un alto ejecutivo de un banco, que está a favor de que el ministro abandone su puesto cuanto antes por considerar que su gestión “frena” al país.


La campaña contra él crece con cada resultado decepcionante de la economía y la prensa financiera internacional ya ha pedido su cabeza varias veces. Sin embargo, muchos analistas creen que es justo esa presión la que hace aumentar su permanencia en el cargo, pues tanto a la presidenta Rousseff como a Mantega les gusta nadar contra corriente.


Pese a todo, entre críticos y defensores, hay un punto de consenso sobre la gestión del ministro. Mantega extendió demasiado una fórmula ganadora para el Gobierno de Lula y para el de Dilma, pero que ya está agotada. De ahí un resultado frustrante como el crecimiento del 2,3% del PIB, muy modesto para un país emergente.


Mantega también fue duramente criticado cuando insistió en establecer una política anticíclica en 2009, en plena crisis mundial. Bajo la dirección del ex presidente Lula, combinó exenciones fiscales a las industrias con la expansión del crédito para atender la demanda reprimida por automóviles y electrodomésticos. Salió bien. La osadía hizo a Brasil levantar la copa de un soñado “PIB a la china” en 2010, cuando el país creció un extraordinario 7,5% mientras el resto del mundo se desplomaba. Luchó también por aumentar las reservas del Banco Central y hoy están en 376.600 millones de dólares, un importante factor de seguridad en tiempos de volatilidad.


El éxito parecía incontestable. La euforia con Brasil era tanta que en 2011 la propia S&P elevó la perspectiva de estable a positiva. Por eso, el ministro quiso repetir la fórmula vencedora estimulando el consumo. Sin embargo, con pleno empleo y una renta creciente, el país ya no ocupa el podio de los PIB ganadores. Llegó a la final, pero esta vez no ganó.


Hay quien atribuye los errores a Rousseff, mientras que los aciertos serían de Lula, pues el estilo de Mantega es pasivo, hasta el punto de someterse a lo que la presidenta desea sin contestar. “Se traga muchos sapos, por eso continúa en el cargo”, dice un ex ministro. Otros aseguran que tiene mucho más poder de lo que se le supone, con influencia no solo en las decisiones de la presidenta sino también en los bancos públicos, fondos de pensiones, o Petrobras, donde es presidente del consejo de administración. Esta sería la razón de su permanencia como ministro, un hecho inédito en un país como Brasil que tuvo 15 ministros de Hacienda desde 1985, debido a la inestabilidad monetaria del país hasta el Plan Real de 1994. Los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso y Getulio Vargas ocuparon ese cargo, si bien Mantega no tiene pretensiones de ir tan lejos.


Con elecciones en julio próximo y tantas críticas, el ministro parece haber cambiado de discurso. A comienzos de este año anunció un superávit del 1,9% admitiendo que estaba asumiendo una meta más realista que no confundiera a los inversores. También sacó al consumo del foco principal. “Las inversiones van a impulsar el crecimiento este año y el consumo crecerá menos”, afirmó durante su visita al Foro de Davos. Habrá que esperar a que esa corrección del rumbo pueda revertir su mala fama en los mercados.






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