viernes, 31 de mayo de 2013

Diarios de escritores

Si en su introducción al diario de André Gide (Alba Editorial), a Laura Freixas le asiste la razón al referirse al diarístico como género nacido entre la Reforma y 1789, a modo de refugio contra la soledad sobrevenida con el derrumbe de las grandes certezas religiosas y políticas… Si Freixas no yerra, la proliferación de diarios íntimos –publicados o no– señalaría al XX y lo que llevamos del XXI como siglos signados por un superávit de gente a la que el optimismo progresista no ha deparado ningún amparo psicológico ni moral (no digamos metafísico). Véanse los diarios de Eliade, con su permanente autoincriminación. O los de Richard Burton sobre su convivencia romántico-etílica con Liz Taylor. O los de Speer, ministro de Hitler que decidió consagrar su tiempo, en Núremberg, al cálculo de los kilómetros andados desde su primera salida diaria al patio. Recuperada la libertad, dedujo encontrarse en el Estrecho de Bering. Poquitas grandes certezas, sí, debían quedarle.


Entre tanta angustia, nos llega –vía Siruela– En la red del tiempo. 1972-1977, el dietario de un Ignacio Gómez de Liaño que –entre carreras ante los grises y copas en el pub de Santa Bárbara– se interesaba ya por la Cábala, los mandalas y otras escuelas de Sabiduría y sacaba tiempo para echar regularmente el I Ching a los militantes trotskistas. No sé si Liaño ha sufrido mucho, pero conoce sin duda a gente que sí, cuando menos por lo del desplome de las ideologías y las resacas lisérgicas. Su diario, aparte de recordarme la existencia en la Glorieta de Bilbao del minúsculo café Küper, ya desaparecido, me ha dado una pista geodésica. Hace no muchos años, fui a entrevistar a don Esteban Llagostera, egiptólogo, que me citó en un semisótano a cuya entrada un letrero rezaba: Aula Cultural Isis. Estaba por la zona de Arapiles, décadas atrás –sólo mucho después lo supe– ocupada por un cementerio: lugar de encuentro, desde luego, muy apropiado para verse con un especialista en momias. Y ahora, me entero por Liaño de que muy cerca funcionó Tebas, donde ya por 1972 organizaba sesiones mediúmnicas Enrique de Vicente.


Los diarios, cierto, los escribimos hombres de letras o insurgentes de todo pelaje más o menos baqueteados por la vida. Valga de ejemplo Dionisio Ridruejo, de quien Gadir acaba de publicar sus recorridos por Segovia y Soria, tierra esta de uno de los toreros por que apuesto: Rubén Sanz. Hoy Ridruejo habría, sin duda, dedicado unas líneas a su toreo de salón en el centro del ruedo ensabanado de nieve. O quiero creerlo, pese a que, en el capítulo de Sepúlveda y entre las glorias del románico local, ni siquiera haga mención de Victoriano de la Serna y sus verónicas. De acuerdo con Ridruejo en tantas cosas, discrepo en eso de que los gigantes prediluviales nunca existieron. Quizá no en Sepúlveda, claro.


Aparte de exilios, Ridruejo encajó ventiscas y balaceras en la División Azul, y es a lo que iba: la reunión de unas vivencias y unos trasnoches es clave de cara a escribir diarios de cierto peso. Y ello, aun teniendo en cuenta que estas dos obras suyas son, más bien, lo que podríamos llamar diarios camuflados: para hacer como que estoy exiliado, escribo una guía de viajes; o, como me he ido al destierro, y para que parezca que sigo en España o me importa un bledo, redacto un diario en tono de exilio interior por los vericuetos del románico.


Y un diario no lo justifica cualquier clase de pesar íntimo. Hasta en eso hay clases. Yo creo que su publicación debería estar casi proscrita a gente que no sea medio conocida o, al menos, se codee con nombres de postín en algún sentido. Aparte de su valía intrínseca, Liaño se escribe con Burroughs, Eliade toma café con Corbin, Ridruejo ama a una espía nazi… Un sufriente o chalado cualquiera, no valen. Créanme: he tenido siempre imán para los pirados, y nunca debe erigirse en autor quien sólo da para figurante con frase. Hace poco, en Suecia, una limpiadora vio un tren vacío y parado en el andén. Subió, puso en marcha el convoy –no sé cómo– y lo condujo durante kilómetros hasta estrellarse contra un bloque de viviendas. ¿A santo de qué? A lo mejor, se hacía preguntas al estilo de una de las corresponsales de Liaño (“¿Qué ideas tienes sobre el anonadamiento del sí mismo?”). Tal vez, sí, vivía estremecida por enigmas en esa línea. Sin embargo, no sé ustedes, pero yo no me veo leyendo diarios de urbanitas con ese perfil. No conocí a Gide ni conozco a Liaño salvo por sus libros, pero tampoco me cuadra ninguno de los dos llevándose por las bravas un tren. Les veo más evocando el párrafo de Guénon o la copa en el Gijón con Juan Benet. Y lo prefiero, ¿eh? Sustos, los justos.


*Joaquín Albaicín es escritor.






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